“Caballo Viejo” en la discoteque

Ilustración: La Maga
Para cuando llegaba domingo a mí me pasaban muchas, muchísimas cosas por la cabeza. La primera era mi abuela Dora y su casa en el cerro de Flor de Amancaes. Allí viven mis primos y mis tíos desde siempre, todos familia de papá.

Creo que nunca me importó (tal vez miento) que eso quedara en un asentamiento humano, porque jamás me dijeron que eso era uno. Además, uno cuando va a algún lado y juega y se entretiene por montones, nunca piensa en eso.

Cuando es domingo siempre me acuerdo de esos otros domingos, aquellos en los que jugaba siete pecados, cartas, las chapadas, los encantados, a los perritos, a la escuelita, al campamento a cualquier cosa divertida.

La nostalgia me embarga cada siete días y eso, ni evitarlo, cómo, je, es que esas cuestiones de que “tú la llevas. No, yo no. ¡Hey! Chepi Bola” son divertidísimas. Me cago de la risa evocando recuerdos como los del domingo de primera comunión:

Estábamos todos los primos en medio de una mesota repleta de bocaditos y refrescos que eran como para requetechuparse los dedos, hummm… pero no, ja, ni siquiera pienses en acercarte a la mesa Sam, porque primero es la foto con todos tus tíos y tus amiguitos del grupo de comunión.

Entonces entraba a tomarse la foto con uno, una tía charapa a la que veía contadas veces y a la que Joy, mi hermana menor, la miró con ojos de ¿y ésta? ¿de dónde salió? La señorona llevaba dos botas de cuero largas y un faldón medio transparentón entallado en la cintura, daba risa ver a la vieja remaquillada y con los ojos saltones de tanta sombra.

El quid del asunto vino cuando Jonathan, un primo menor que yo, dijo en alta voz: ¡Mira sus zapatos! La señalaba con el dedo, a todos nos llamó la atención porque en los noventa llevar botas era una rareza. Y la señora muy oriental y fresquesita respondió: “Ah,bababababa, -misma Fuana- Yo toa la vida he usao la bota”. Primos, primas, sobrinos, amigos, se mataron de risa, ya no de las botas, sino del cantito con el que la tía Ana nos habló a todos en ese momento. Ahora cada vez que Joy quiere ir a comprar sus botas chic suelta un cachaciento: ¡Ahh bababababa, Yo toa la vida he usao la bota”.

Con ello espero no hayan tomado como burla lo de la peculiar forma de hablar que tienen nuestros hermanos de la selva, para nada, eh. Tampoco crean que ahora me burlaré de los payasos por lo que escribo a continuación.

Los domingos había matinés a pedir de boca. Nunca nos faltaba un santito por celebrar, bajo la advertencia: ¡Prohibido llevar a la prima Emily!

En su cumpleaños número 5 ó 6, no recuerdo muy bien, Emily fue sacada por el lindo “Rocotín” a bailar en medio de todos, pero “Rocotín” no contaba con que mi tierna prima le daría el ‘no’ de la peor forma: Emily le cogió la nariz granate y la estiró como un chicle hasta cuando le dijo: ¡Chau! y la soltó. El pobre payaso la devolvió a los padres más rápido que la luz y se fue corriendo al baño.

En otra oportunidad, recuerdo que para el ‘japi verde’ de mi querida primita no hubo payaso y todos dijimos: “Uff, al menos alguien se salvó de ella esta noche”. Minutos más tarde llegó el payaso pintadito y con un tufazo increíble. “Pulgarcito” estaba ebrio, se reía de puro borracho y mi tío Jorge lo largó inmediatamente. Emily no tuvo oportunidad de cogerlo.

Allá, en Flor de Amancaes, era imposible aburrirse. Como la casa de mi abuela está sobre las faldas del cerro, cada vez que jugábamos vóley o a la pelota, siempre el balón se nos iba cuesta abajo o se nos reventaba en el jardín de espinas que una vecina de mi abuela había plantado en su jardín.

La pelota terminaba hecha un cuero inservible, felizmente venía mi papá a rescatarnos con algún juego de su infancia. Uno de ellos, el emblemático siete pecados, era un juegazo. Decir: Stop, luego contar los pasos y arrojar la pelota (una que nos prestaban por ahí) contra el más cercano era lo máximo. Joyce, Gloria, Jhonatan, Luis, Martín, Diego y yo hacíamos pequeños hoyos y juntábamos unas piedritas que venían a ser los pecados que acumulábamos.

Podíamos estar todo el día jugando eso o podíamos entrar a la tienda de mi abuelita e imaginar que yo era la dueña de la tienda y Gloria mi ayudante. Pero como los chicos se aburrían se iban a jugar pichanga y a veces nos dejaban a Joy, a Gloria y a mí. Y para esos momentos nos quedaban las primas lejanas de Barbie, ellas eran: Connie, Lucy o Peloncita (la pelona era de Joy que siempre se colaba) y entonces jugábamos a que se iban de shopping a algún moll extranjero, ay fo!!!

Un domingo perfecto culminaba a eso de las seis en el cuarto de al fondito. Hasta allí llevábamos: una canasta con provisiones, unas bancas de madera (prestaditas de la tienda de mi abu) unas sábanas grandes y una frazada para el frío. Todos nos íbamos de campamento. Para armar la carpa usábamos las sábanas y unos palos que nos conseguíamos de la lavandería. Tendíamos la frazada y usábamos las bancas para sostener los palos. Cuando todo quedaba armado sacábamos la canchita recién hecha, la Lulú de a litro, las deliciosas Choco Bum y como para bajarla al final de todo eso siempre se nos antojaba los chicles en forma de huevito que mi abuelito Félix nos regalaba.

Van a ser casi las nueve de la noche. Probablemente si tuviera diez años menos estuviese jugando a la fiestita con mis primos, estaríamos desempolvando las lucecitas navideñas y no dudaríamos en escuchar las cumbias, los valses o los boleros que a todos nos enseñaron a bailar.


De noche ese cerro lucía un poco psicodélico. Todas las luces armaban una gran discoteca y a mí me hacían bailar Caballo Viejo, ja.
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2 Responses to ““Caballo Viejo” en la discoteque”


  1. 1 La Maga agosto 21, 2006 en 3:51 am

    Yo bailaba La Chica Ye Ye

  2. 2 La Maga agosto 21, 2006 en 3:51 am

    Yo bailaba La Chica Ye Ye


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Sara Apaza

1986. Estudiante de CC.CC. de la USMP, periodista multimedia del Grupo RPP y autora de cuanta catarsis se halle en este blog. Contacto: djagainst@gmail.com

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